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Pasaron a la historia los grandes hoteles de cientos de
habitaciones y el lujo palaciego hecho de mármoles, estucos y dorados. Ahora
buscamos para nuestro descanso los pequeños establecimientos construidos con
amor, gusto y fantasía, que son acordes con la cultura de su entorno, más
cálidos y familiares, pero sin renunciar por ello a ninguna comodidad.
Proponemos cuatro ejemplos señeros de esta tendencia. Cada uno es una definición
completa de lo que llamamos "encanto".
A no muchos kilómetros, ya en plena campiña sevillana, el
nombre de Hotel Palacio Casa de Carmona anuncia sin ambages su vocación, ofrecer
las prestaciones de un buen hotel, un marco palaciego y el trato al huésped como
en una casa de amigos. Desde el exterior parece una mansión nobiliaria más de
las que bordean las calles del centro histórico de Carmona. Es en su interior
donde exhala el perfume de sus hechizos.
La rehabilitación de este palacio renacentista-mudéjar del
siglo XVI se debe a Marta Medina, mujer de exquisito gusto y sólida formación
artística. Su primera intención al comprarlo, en 1986, era dedicarlo a
residencia familiar. Después, arrastrada por las posibilidades del edificio y
animada por el ambiente optimista previo a la Expo, decidió convertirlo en un
hotel muy especial. Las obras duraron cuatro años y devolvieron a la casa su
aspecto original.
En el patio, por ejemplo, hay cinco tonalidades de ocre para
dar profundidad al conjunto y, junto a las columnas genovesas y los arcos
florentinos, una profusión de macetas de boj y naranjos perfuman el aire. El
pequeño jardín adyacente es la recreación de un jardín mudéjar y la nueva
mini-piscina se confunde con un estanque de antaño. Si los exteriores muestran
fidelidad al pasado y amor a la obra bien hecha, es en la decoración de salones
y dormitorios donde Marta despliega su gusto y fantasía. Cada habitación irradia
una atmósfera especial. Todas son diferentes y han sido creadas para sentir que
uno se haya en una casa particular. Eso sí, en la de alguien culto y civilizado.
Camas con dosel de madera, con cabeceros barrocos, o de latón con tules
vaporosos, telas de chintz inglesas, obras de arte y múltiples detalles
decorativos. Los salones acentúan la impresión de familiar intimidad.
Uno puede escoger un libro, una revista de arte, servirse una
copa o ponerse a tocar el piano como si estuviera en su casa.
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